31 Julio, 2010

Hasta pronto

Este blog está cerrado. Algo evidente desde hace algún tiempo.

Cuando llegue el momento lo continuaré, mientras tanto quedará aquí para quien desee visitarlo alguna vez. Quiero dar mi más sincero agradecimiento a  todos los que alguna vez le dedicaron a este sitio algunos minutos de su tiempo.

Gracias por todo.

Un saludo cordial y hasta pronto.

Edanna Dhae a las 4:27 pm

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30 Marzo, 2010

El viento entre los árboles

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan… benévolo…, que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

Edanna Dhae a las 12:10 am

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28 Enero, 2010

Luces y reflejos

Existe una joven dama a la que le gusta coser bajo la luz de un enorme ventanal, todas aquellas labores que por hacerse, protestan desde ese lugar que en alguna parte reclama por su momento.  Cuando ella se entrega a su tarea con el sol de la media tarde, entre punte y despunte, las cristaleras de su balcón se visten de ella. Corren abajo los niños entre las piedras de la calle, y demás transeúntes, yendo o viniendo y ocasionalmente, deteniéndose a charlar.

DamaLos rayos recorren a esta hora las fachada dorando unas paredes ya de por sí teñidas como el trigo, enviando reflejos a las onduladas cristaleras. Hay en este aire húmedo remembranza de cosas buenas, y de otras mejores que están por llegar.

Hay carros en la calle que cuando pasan llaman su atención. Caballos portando algún mozo de buen ver y mejor talle, bolsa estupenda y recomendaciones para llenar zurrones de los de una arroba. Si no es hoy, será mañana, parece que piensa ella. Algún día todo él estará por llegar.

Todo esto le pareció ella a Pedro cuando la contempló por vez primera. Pedro, que tiene la suerte de ser bachiller por mediación de su tío más viejo; Pedro, que vive cerca de la ermita y el molino, y cuyo padre se dedica a tapar los agujeros de las cacerolas con un trasto que previamente calienta al fuego.  A su lado, siempre a su lado, su buen amigo Dimas; como siempre.  Juntos vienen mucho por aquí últimamente a la salida del instituto, expresamente por esta calle, paseando entre adoquines. A Pedro y Dimas les pica la curiosidad, y desde hace semanas dirigen sus pasos hacia la gran casa bajo cuyo balcón acristalado, una joven muchacha se sienta a coser, intrigados por saber algo más acerca de ella.

Observando la ventana los dos muchachos contemplan a la chica en su labor, y a su alrededor les parece distinguir lenguas de fuego fulgurantes, oscilando enrojecidas. Hay algo familiar en los ojos de la chica, algo que recuerda a los tizones encendidos. Igualitos a los carbones donde el padre de Pedro calienta al rojo sus herramientas de trabajo.

A Pedro le extraña que nadie más sino ellos, reparen en aquella chica, ya toda una joven mujer, y que desde hace algún tiempo al caer el sol, se sienta junto a la ventana de aquella destartalada casa. Nunca la había visto antes, tan hermosa, entre paños e hilos de seda, teñidos todos ellos con colores que alegran el corazón.

Una tarde bajo la ventana, se atrevió a preguntarle -¿Es usted un fantasma?

Ella levantó los ojos de su labor, en sus pupilas se divisaban las llamaradas enrojecidas como de muchos tejados en llamas, levantando columnas de humo hacia las alturas.

-¿Te parezco yo a tí un espectro? Respondió con algo de burla en su voz.

Él no supo que decir, cruzó una mirada con Dimas y dubitativo, solo pudo replicar –No…, claro que no.

Pero no pudo decir mucho más pues, entre un pestañeo y el siguiente, la joven dama simplemente desapareció.

Edanna Dhae a las 11:42 pm

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26 Noviembre, 2009

El país de los deseos

Aquel cine suponía la zona franca. Allí donde la verdad de las cosas no importaba y los anhelos se convertían en sucesos. Al menos, durante un par de horas.

Ella y yo solíamos ir al cine. Siendo amigos solamente, jamás compartimos nada más allá de lo que la amistad concede. No fuimos pareja, no mantuvimos ninguna relación y nunca le robé un beso, pese a que era el mayor de mis deseos pues yo estaba locamente enamorado de ella. Bueno, en realidad le robé uno al final, de forma algo vergonzosa y de la cual siempre me arrepentiría años después.

Conmigo ella lo tuvo siempre claro. No quería nada conmigo; ni besos, ni compromisos, ni correspondencias.

Sin embargo, aquella sala ejercía un hechizo. Cuando la proyección comenzaba –daba exactamente lo mismo lo que fuera que echaran- ella apoyaba su cabeza sobre mi hombro. Yo entonces la tomaba de la mano y no dejaba de acariciársela suavemente. Nunca hubo nada más allá, nunca hablamos de ello. Simplemente sucedía. Si me concediesen ahora el poder de cambiar algo de aquello, no lo haría.

La sala me otorgaba el éxtasis, la justa recompensa por todos mis desvelos. Todos mis suspiros encontraban el cauce adecuado hacia allí donde dormitan las ilusiones, esperando entrar en acción. Por unos breves instantes, entre una cruel existencia de amor no correspondido, todos los mares quedaban en calma, y todas las aguas se apaciguaban. El viento y sus tormentas despertaban allí entonces para transportarme al país de todas las cosas jamás soñadas. Donde nace y muere el sol.

Realmente la película que allí se proyectara era lo de menos. Lo realmente valioso era el mágico influjo de aquel territorio sembrado de butacas. ¿Qué efecto ejercía sobre nosotros, o sobre ella, para que bajara sus defensas y me concediese el premio de tomarla de la mano? Lo desconozco. Pero por ello, siempre le estaré agradecido.

Ahora, años después he aprendido a inventarme salas de cine en mis sueños, donde refugiarme cuando caen las bombas de los malos momentos. Sentir así la paz y el aroma de sus cabellos sobre mi hombro. Y envolverme en el remanso de esa paz tan valiosa, pero tan huidiza para todos nosotros. Pudiéndola encontrar sin embargo en una modesta sala de cine, que se convertía, en el país de los deseos.

Edanna Dhae a las 11:36 pm

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