30 Marzo, 2010

El viento entre los árboles

Hay un siseo entre tú y yo, con un firmamento allá abajo, esperando. Cuando extiendes los brazos lo puedo abrazar, en un esfuerzo que no es inútil, si sabes a qué me refiero. Es frío, es acogedor, es el viento entre los árboles. Y es la noche que me reflejan tus ojos.

Me dejo acunar, dulce, amargo y tan… benévolo…, que aquí deseo vivir hasta el fin de los días. Pues te deseo cielo estrellado. Ahí abajo, permaneces; mientras bajo la manta tú y yo tarareamos despacito, al compás de esta, nuestra brisa nocturna. Son arrullos todo esto que se llevan mis manos y las tuyas dentro de nuestros callejones; a darles patadas a los botes.

¡Qué Alisio tan sutil! Resonando tan fresco en tus labios sacados de aquel lugar donde nació el viento. De allí de donde nacieron todos los vientos del mundo. Y danza, se estremece; aquí, junto a nosotros. Entre tú y yo, bajo esta manta. Viene para quedarse, no piensa marcharse jamás. Viene junto a toda esta música, llegada desde las tierras frías, aquellas que asoman más allá de las distancias imposibles.

Aquí se mecen los árboles, es donde se arrullan sus ramas. La brisa que acaricia todos estos tesoros, enarbolando en majestuosos pedestales, delicias de esmeralda.

No deseo más que permanecer, echar raíces, dormir, acunarme en tu regazo. Ser así el tronco, la rama, la flor y la hojarasca, sentir mi sangre tan suave del rocío en tus pestañas. Beber el agua de las profundidades de la tierra, convirtiéndome en aquel árbol que en todo instante a ti te regale su sombra.

Edanna Dhae a las 12:10 am

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6 Marzo, 2010

Carta de Don Gregorio.

Carta de D. Gregorio. (La lengua de las mariposas).

Querido amigo:

Tuviste suerte al marcharte a Buenos Aires. A mí, ya me llevan a matar. Muy magullado, pero más por las palabras que por las pedradas. Especialmente por las de todos aquellos que más quise.

Las palabras son como los gusanos de seda, envueltos en capullos que florecen cuando llega la primavera del terror y los dramas, explotando al fin con todo el colorido que muestra las cosas verdaderas, impulsadas por esa lengua enrollada como la cuerda de un reloj. La fuerza del miedo, o de la cobardía, es el motor de todo esto que nos sucede. Esta verdad hace que me sienta morir ya en amargura.

Sólo puedo decirte lo que siempre te he dicho y he dicho a su vez a todos; que seas libre, que pienses por ti mismo. Porque cuando te lo han quitado todo siempre quedará lo único que no pueden llevarse, tu dignidad.

Así pues, guarda bien la tuya, la que posees, y ayuda a los demás a ganarse la suya, pues dentro de toda esta locura de iniquidad que no cesa, aún sabemos que sólo la dignidad que otorga el saber permitirá al hombre evitar, en algún futuro no muy lejano, que termine por convertirse en un monstruo definitivamente.

Cuida de ti y de los tuyos.

Tuyo siempre

D. Gregorio

Edanna Dhae a las 11:17 pm

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28 Enero, 2010

Luces y reflejos

Existe una joven dama a la que le gusta coser bajo la luz de un enorme ventanal, todas aquellas labores que por hacerse, protestan desde ese lugar que en alguna parte reclama por su momento.  Cuando ella se entrega a su tarea con el sol de la media tarde, entre punte y despunte, las cristaleras de su balcón se visten de ella. Corren abajo los niños entre las piedras de la calle, y demás transeúntes, yendo o viniendo y ocasionalmente, deteniéndose a charlar.

DamaLos rayos recorren a esta hora las fachada dorando unas paredes ya de por sí teñidas como el trigo, enviando reflejos a las onduladas cristaleras. Hay en este aire húmedo remembranza de cosas buenas, y de otras mejores que están por llegar.

Hay carros en la calle que cuando pasan llaman su atención. Caballos portando algún mozo de buen ver y mejor talle, bolsa estupenda y recomendaciones para llenar zurrones de los de una arroba. Si no es hoy, será mañana, parece que piensa ella. Algún día todo él estará por llegar.

Todo esto le pareció ella a Pedro cuando la contempló por vez primera. Pedro, que tiene la suerte de ser bachiller por mediación de su tío más viejo; Pedro, que vive cerca de la ermita y el molino, y cuyo padre se dedica a tapar los agujeros de las cacerolas con un trasto que previamente calienta al fuego.  A su lado, siempre a su lado, su buen amigo Dimas; como siempre.  Juntos vienen mucho por aquí últimamente a la salida del instituto, expresamente por esta calle, paseando entre adoquines. A Pedro y Dimas les pica la curiosidad, y desde hace semanas dirigen sus pasos hacia la gran casa bajo cuyo balcón acristalado, una joven muchacha se sienta a coser, intrigados por saber algo más acerca de ella.

Observando la ventana los dos muchachos contemplan a la chica en su labor, y a su alrededor les parece distinguir lenguas de fuego fulgurantes, oscilando enrojecidas. Hay algo familiar en los ojos de la chica, algo que recuerda a los tizones encendidos. Igualitos a los carbones donde el padre de Pedro calienta al rojo sus herramientas de trabajo.

A Pedro le extraña que nadie más sino ellos, reparen en aquella chica, ya toda una joven mujer, y que desde hace algún tiempo al caer el sol, se sienta junto a la ventana de aquella destartalada casa. Nunca la había visto antes, tan hermosa, entre paños e hilos de seda, teñidos todos ellos con colores que alegran el corazón.

Una tarde bajo la ventana, se atrevió a preguntarle -¿Es usted un fantasma?

Ella levantó los ojos de su labor, en sus pupilas se divisaban las llamaradas enrojecidas como de muchos tejados en llamas, levantando columnas de humo hacia las alturas.

-¿Te parezco yo a tí un espectro? Respondió con algo de burla en su voz.

Él no supo que decir, cruzó una mirada con Dimas y dubitativo, solo pudo replicar –No…, claro que no.

Pero no pudo decir mucho más pues, entre un pestañeo y el siguiente, la joven dama simplemente desapareció.

Edanna Dhae a las 11:42 pm

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12 Septiembre, 2009

El trono de la Reina Valaria

Hay ante el trono de La Reina Valaria, ochocientos ochenta y seis escalones. Los mismos que habitaciones hay en la morada del coleccionista, miles de millas más al este. Cada peldaño lleva esmaltado un sello en cuyo centro se haya circunscrito el ave de presa por medio de la serpiente, y podrían verse más claramente y con detalle, si uno no tuviese que retirar con cuidado la alfombra de huesos que yacen desparramados sobre la piedra.

banda-valariaBlancos como marfil llenan escaleras y descansillos, flanqueados cada diez pasos con enormes jarrones de lapislázuli repletos de flores siempre radiantes de lila, y cada veinte pasos con braseros de carbones encendidos de forma permanente. Más estos no irradian calor, sino un frio que causa con el tiempo,  un subrayada desesperación. El resultado es que a medida que transcurre el paso del tiempo, todos los huesos, tengan dueño o no,  aniden por la estancia, cantando junto a sus hermanos, la canción de un injusto y cruel sepulcro sin la bendición del manto de su oscuridad y bendecido con un frio lúgubre.

Es en el trono de la reina donde se esconden muchos de los secretos que sabios de todos los rincones se atreven a averiguar, con más perjuicio que recompensa, pues la mayor parte de tan representativa  alfombra está constituida por los que una vez en vida indagaron en los polvorientos tomos, rollos de saber atesorado, revestidos de enmarañados fajos de telarañas.

Es el trono de la reina Valaria un lugar de desesperación y finales inconclusos, más también tiene sus maravillas, pues los que consiguen desenmascarar sus trampas y evadir sus acertijos, es recompensado con la respuesta  a tres de todas aquellas incógnitas que el suplicante formulara, al que se añade algún obsequio, si dispuso de buena voluntad a pesar del injusto trato recibido durante la recepción.

“No hay castigo sin recompensa, si lo que te mueve es el conocimiento”.

Así está escrito, por supuesto, en el respaldo del gran trono de oro macizo. Al que muy pero que muy pocos, han llegado siquiera a acercarse  a menos de una braza.  Así está escrito desde los tiempos de Gedeón y su marcha a través de montañas, gargantas y cordilleras, a través de murallas derribadas como castillos de arena, y  a través de amplias llanuras de pastizales humeantes, tras el paso de sus famosas bestias de guerra de dos cabezas. Así fue escrito desde el primer alumbramiento de la consciencia de Dyss, un parto que casi todas las criaturas vivas en estos tiempos ya han olvidado.

Y así fue escrito dicen, por la mano directa de los dioses. Los mismos que sirven a la tierra, pues tal es su deber, cosa que a su vez es de común conocimiento de todas las criaturas, incluido tú, ¡y tú!  ¡Maldito seas! ¡Atiende al menos cuando te cuento esta historia, protervo asno!

Sabed que no hay más poder en la tierra que la voluntad y el pensamiento de la misma. Pues allí donde crece el Roble, el Nogal y el más insignificante rastrojo de Cilantro -hierba que nos resulta de suma importancia  como veremos más adelante-,  es deber de los dioses servir a la tierra ya que no son enviados, ni sirvientes, ni criaturas construidas con el soplo de las estrellas para honrar a su creador, no. Son los dioses refugiados y huéspedes. Así que en reconocimiento por tal privilegio, se han impuesto la tarea de servir en lo posible la magnificencia de todo lo que existe y de todo cuanto nos rodea. Más, y ¿nuestro papel? Pues aparentemente no tenemos ninguno, más que el de hacer el pan por las mañanas y comérnoslo contemplando las nubes del cielo.

¡Que no es poco!

Pero no deseo tomar otro rumbo más que la idea original que me mantuvo al comenzar este relato, pues como ya he dicho, es en el trono de La Reina Valaria, donde se sellaron con la mano y la pluma del tiempo y el destino, muchos de los sucesos que tuvieron lugar en nuestro mundo, cuya relevancia no puede ni debe permanecer ajena a nuestro conocimiento. Pues fue aquí y solo aquí, donde acudieron los más versados y los más audaces. Territorio este repleto de necios del mismo modo que de incautos, que terminaron sus días sin ver siquiera las joyas que adornan los gruesos pies de oro, tallados en la sublime mano del artesano con la forma de las patas de la mítica Jirafa, animal dotado de unos dones bastante peculiares, a la que nunca se le termina el alimento, pues lo busca hacia arriba y no a los lados como todas las demás criaturas. Algo muy a tener en cuenta.

Todos los sucesos que como venía diciendo aquí acontecieron, ya los iremos viendo a lo largo de los fríos meses del año invernal, pero no quiero despediros hoy sin subrayar algunos detalles que no pueden quedar empañados por la bruma de una explicación inconsistente, o algo difusa.

Se encuentra el trono de La Reina, como ya he dicho, precedido por una gran escalinata de mármol, más frio que las aguas del mar circundante, y más tenebrosas que los brumales que envuelven la oscuridad de la madrugada, aunque me parece más acertado decir que es más probablemente como; aquel muerto que con sus fríos dedos se aferra aún tozudamente a su bolsa.

Es necesario para llegar a ver siquiera el pie de tan monumental  ascensión, atravesar una suerte de estancias, salas y salones plagados de un mobiliario que supuestamente y según todas las observaciones, respira. Sí sí, que respira textualmente, y se mueve también de forma silenciosa, cambiando su disposición según quién sabe cómo o a la voluntad de quién… si al criterio de la propia reina, o del estado de ánimo del propio aderezo del lugar.

Una vez estuve allí, y fui prolongadamente perseguida a través de salones y estancias por las cuales a lo largo de mi tránsito, podía escuchar claramente; cuchicheos, jadeos, murmullos y susurros. Grandes estanterías de libros, mesas de por lo menos veinticuatro comensales y toda una serie de enormes asientos, armarios, butacas y sillones se lanzaron tras de mí en lo que se convirtió, mientras me hallaba presa del terror algo tensa, en una persecución que terminó de una forma, bastante inesperada. Pues, es la calma y el tino el único secreto para franquear todas esas estancias con éxito, pereciendo a la primera oportunidad, si es el pánico el que toma las riendas de tu destino.

Hay salas en lo que podríamos llamar -más no es muy acertada denominación-, “palacio” de la Reina Valaria, que esta ha ordenado llenar hasta tres pies de altura con tierra traída nada más y nada menos, que de las zonas cambiantes. Incluso se comenta que hay un enorme salón de baile al completo, colmado hasta los dinteles superiores de las altísimas puertas con esta misma tierra, traída desde las  mencionadas regiones, pero concretamente de las de occidente -por todos reconocidas como las más peligrosas- y de las cuales solo tres criaturas se conoce han regresado alguna vez, para contar lo que nadie, absolutamente nadie, ha podido jamás entender pese a sus ilustraciones.

La razón de estas estancias tan características y la circunstancia en ellas de la existencia de tierra de las zonas cambiantes, ha dotado al, llamaremos nuevamente con delicadeza; “palacio”, de un aura inexplicable de maravillosos portentos y de una sucesión de características bastante difíciles de explicar con palabras, más si sois aventureros tened cuidado,  pues allí nada es lo que parece. Y es precisamente esta última y categórica afirmación en lo que resulta este aparente nimio detalle. En el palacio que rodea al trono de La Reina Valaria, siempre sucede lo que no es, y lo que no es cierto allí resulta que es verdadero, de tal manera que nada de lo que acontece, es lo que nuestra razón o nuestro instinto nos aseguran que bien pudiera resultar acertado.  -Espero haberme explicado con claridad…

Tanto es así, que allí la expresión más utilizada suele tratarse de: ¡no puede ser…!

A mí sin embargo… lo que verdaderamente me intriga, no es el suceso ya de por si paradójico, de la existencia de una pequeña muestra de lo que conforma a nuestras zonas cambiantes, se encuentre en las estancias que anteceden al espléndido trono de la Reina Valaria. Y no quiero extenderme no.

No es este detalle lo que más me intriga…

Lo que conforma una verdadera incógnita, produciendo que hasta pierda el sueño envuelta en estos pensamientos, es el modo o la manera por la  cual, lograron transportar esa materia y de paso, quienes fueron  aquellos que realizaron tal hazaña, pues solo llevar una pizca de esta sustancia en la bolsa, puede enloquecer a la criatura más simple, arrastrándola a una serie de contingencias y acontecimientos por causa de tan extraño cargamento que, todas las historias más inverosímiles que conocemos, parecerían a su lado cuentos para niños.

Sin olvidar sin embargo que, en los cuentos para niños usualmente se suelen contar más verdades que en cualquier otro relato. Pues mantienen en esencia, la verdad más pura que subyacente, se esconde en la vida diaria de las gentes, perdiéndose en el corto y amargo sendero del crecimiento, y que paradójicamente, solemos denominar: la verdad.

Edanna

Edanna Dhae a las 1:17 am

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